viernes, 12 de abril de 2013

SEGUNDA ORACION POR LA PAZ



William Ospina

Hace 65 años se alza desde esta tribuna un clamor por la paz de Colombia. 65 años es el tiempo de una vida humana. Eso quiere decir que toda la vida hemos esperado la paz. Y la paz no ha llegado, y no conocemos su rostro. 

Es un pueblo muy paciente un pueblo que espera 65, 70, 100 años por la paz. Cien años de soledad. Un pueblo que trabaja, que confía en Dios, que sueña con un futuro digno y feliz, porque, a pesar de lo que digan los sondeos frívolos, no vive un presente digno y no vive un presente feliz. 

Aquí no nos dan realidades, aquí se especializaron en darnos cifras. El pueblo tiene hambre pero las cifras dicen que hay abundancia, el pueblo padece más violencia pero las cifras dicen que todo mejora. El pueblo es desdichado pero las cifras dicen que es feliz. 

Ahora comprendemos que un pueblo no puede sentarse a esperar a que llegue la paz, que es necesario sembrar paz para que la paz florezca, que la paz es mucho más que una palabra.
El verdadero nombre de la paz es la dignidad de los ciudadanos, la confianza entre los ciudadanos, el afecto entre los ciudadanos. Y donde hay tanta desigualdad, y tanta discriminación, y tanto desprecio por el pueblo, no puede haber paz. Allí donde no hay empleo difícilmente puede haber paz. Allí donde no hay educación verdadera, respetuosa y generosa, qué difícil que haya paz. Allí donde la salud es un negocio, ¿cómo puede haber paz? Donde se talan sin conciencia los bosques, no puede haber paz, porque los árboles, que todo lo dan y casi nada piden, que nos dan el agua y el aire, son los seres más pacíficos que existen. 

Donde los indígenas son acallados, donde son borradas sus culturas, donde es negada su memoria y su grandeza, ¿cómo puede haber paz? Donde los nietos de los esclavos todavía llevan cadenas invisibles, todavía no son vistos como parte sagrada de la nación, ¿a qué podemos llamar paz? La paz parece una palabra pero en realidad es un mundo. Un mundo de respeto, de generosidad, de oportunidades para todos. 

Y hay que saber que lo que rompe primero la paz es el egoísmo. El egoísmo que se apodera de la tierra de todos para beneficio de unos cuantos, que se apodera de la ley de todos para hacer la riqueza de unos cuantos, que se apodera del futuro de todos para hacer la felicidad de unos cuantos. De ahí nacen las rebeliones violentas, y de ahí nacen los delitos y los crímenes. 

Hemos ido aprendiendo a saber qué es la paz… haciendo la suma de lo que nos falta.La paz es agua potable en todos los pueblos y agua pura en todos los manantiales. No hay paz con los ríos envenenados, con los bosques talados y con los niños enfermos por el agua que beben. 

La paz es trabajo digno para tantos brazos que quieren trabajar y a los que sólo se les ofrecen los salarios de sangre de la violencia y del crimen. 

La paz son pueblos bellos y ciudades armoniosas, que se parezcan a esta naturaleza. Porque las montañas, los ríos, las llanuras, las selvas y los mares de Colombia son la maravilla del mundo, y no hemos aprendido a habitarlas con respeto, a aprovecharlas con prudencia, a compartirlas con generosidad. 

Porque la idea de generosidad que tienen muchos grandes dueños de la tierra tiene un solo nombre: alambre de púas. Esa idea medieval de tener mucha tierra, mientras las muchedumbres se hacinan en barriadas de miseria. 

Pero es que la paz verdadera exige no sólo un pueblo respetado y grande y digno sino una dirigencia verdadera. Y no es una gran dirigencia la que se esfuerza veinte años por que le aprueben un Tratado de Libre Comercio, y cuando le aprueban el Tratado la sorprenden con un país sin carreteras y sin puertos, con una agricultura empobrecida, con una industria en crisis, confiando sólo en vender la tierra desnuda con sus metales y sus minerales para que la exploten a su antojo las grandes multinacionales. Ahí no sólo falta generosidad sino inteligencia, ahí faltan grandeza y orgullo. 

En cualquier país del mundo un tratado de libre comercio se negocia poniendo como primera prioridad qué necesitan y qué consumen los propios nacionales. ¿Por qué tiene que ser la prioridad poner oro en las mesas de otros antes que poner alimentos en nuestras propias mesas?.Hoy el mundo se ha lanzado a un obsceno carnaval del consumo. Pero esos países que divinizan el consumo, como los Estados Unidos y Europa, por lo menos han tenido la prudencia de garantizarles primero a sus pueblos agua limpia, vivienda digna, educación seria y gratuita, salud para todos, trabajo y salarios decentes, una economía que se esfuerza por ofrecer empleo de calidad, que no llama trabajo como aquí al rebusque desesperado, ni a la mendicidad, ni al tráfico violento de todas las cosas. 


Si por lo menos cumpliéramos con brindar a los ciudadanos las prioridades básicas de una vida digna, no sería tan absurdo que nos predicaran ese evangelio loco del consumo, pero aún así tenemos que pensar con responsabilidad en el planeta, para el que ese consumo indiscriminado es una amenaza. Tenemos climas frágiles porque tenemos ecosistemas ricos y preciosos, que producen agua y oxígeno para el mundo entero. 

Colombia es un país de tierras bellísimas y de climas benévolos, esto no es Europa ni los Estados Unidos, donde el clima exige millones de cosas, aquí podemos vivir una vida sencilla en un paisaje maravilloso, aquí no habría que refugiarse en ciudades malsanas y estridentes, el país es de verdad La Casa Grande. ¿Qué nos impide esa felicidad? La desigualdad y la violencia. La codicia que pasa por encima de todo. 

La naturaleza no es una mera bodega de recursos sino un templo de la vida. Pero una lectura equivocada del país y una manera mezquina de administrarlo han convertido este templo de la vida en una casa de la muerte. 

Hace 65 años Gaitán clamaba aquí por la paz. Sus enemigos no sólo lo mataron sino que llevaron al país a una guerra, a una violencia que acabó con 300.000 personas. El país entero entró en una orgía de sangre. Y perdimos el sentido de humanidad, y casi nos acostumbramos al horror, y dejamos de estremecernos con la muerte. El tabú de matar se perdió, Colombia se volvió tolerante con el crimen, y en el último medio siglo es posible que por falta de paz y de solidaridad haya muerto en Colombia otro medio millón de personas. 

Y cada día que tardan en firmar un acuerdo el gobierno y las guerrillas, más muertos de todos los bandos, más víctimas, se suman a esa lista. Porque no es sólo el conflicto en los campos: bajo la sombra de ese conflicto prosperan las guerras de supervivencia en las ciudades, la violencia de las mafias, el delito, el crimen, la violencia intrafamiliar, el desamparo, la ignorancia. 

Pero es que lo único que detiene a la mano homicida es sentir que lo que le hace a su víctima se lo está haciendo a sí mismo. Lo único que detiene esa mano es la compasión, y para que haya compasión hay que sentir al otro como a un hermano, como a un milagro de la vida, efímero, precioso, irrepetible. Si no sentimos eso no sentimos nada. Sin ese respeto profundo por los otros nadie siente verdadero amor por sí mismo. 

Pero para que haya ese afecto profundo por los conciudadanos hay que haber sido educados en la generosidad, bajo unas instituciones generosas, hay que haber sido querido. Al que no es valorado en su infancia, respetado, apreciado, ¿cómo pedirle que quiera, que respete, que valore a los otros?.Por eso es tan ciega una sociedad que no da nada y en cambio pide todo. Que da adversidad, obstáculos, discriminación, pero pide a los ciudadanos que se comporten como si hubieran sido educados por Sócrates o por Francisco de Asís. El estado se volvió irresponsable, los ciudadanos le perdieron el respeto al estado, y el estado les perdió el respeto a los ciudadanos. En ningún país se exigen tantos trámites para cualquier cosa. Y el que está en desventaja es el que no tiene recursos para sobornar, para abreviar los trámites, para correr con éxito de oficina en oficina. Con mucha frecuencia el estado no facilita la vida sino que es un estorbo para las cosas más elementales. 

Las cárceles están llenas de seres que no recibieron nada, que fueron educados en la dureza y en la precariedad, y a los que la sociedad les exige lo que nunca les dio. Porque aquí sólo les exigimos respeto a los que nunca fueron respetados. 

Es necesario gritar que nuestro pueblo no es un pueblo malo sino un pueblo maltratado. Y todavía a ese pueblo maltratado y admirable vamos a pedirle, aunque no tenemos derecho a hacerlo, vamos a pedirle que nos dé un ejemplo de su espíritu superior; vamos a pedirle que, a cambio de un acuerdo esperanzador entre los guerreros, sea capaz de perdonar. 

No hay ceremonia más difícil y más necesaria que la ceremonia del perdón. Pero es el pueblo el que tiene que perdonar: no la dirigencia mezquina ni la guerrilla violenta que tomó las armas contra ella. Y sin embargo todos tendremos que participar, humilde y fraternalmente, en la ceremonia del perdón, si con ello abrimos las puertas a un país distinto, más generoso, que deponga las armas fratricidas, que abandone los odios y que construya un futuro digno para todos, pero sobre todo un futuro de dignidad para los que siempre fueron postergados. 

Desde hace 65 años pedimos la paz, suplicamos la paz, esperamos la paz. Hoy ya no podemos pedirla ni suplicarla ni esperarla. Si se logra un acuerdo entre el gobierno y las guerrillas, tenemos que construir la paz entre todos, la paz con una ley justa, la paz con una democracia sin trampas, la paz con un afecto real en los corazones, la paz con verdadera generosidad. Y la única condición para que esa paz se construya es que no maten la protesta, que no aniquilen la rebeldía pacífica, que dejen florecer las ideas, que permitan a este país grande y paciente ser dueño de sí mismo y de su futuro. 

Esa paz que construiremos será un bálsamo sobre esos miles de muertos que se fueron del mundo sin amor, a veces sin dolientes, a veces sin un nombre siquiera sobre su tumba.
Entonces sabremos que la paz no es sólo una palabra, que la paz es convivencia respetuosa, prosperidad general, justicia verdadera, campos cultivados, empresas provechosas, bosques y selvas protegidos, ríos que tenemos que limpiar y manantiales a los que tenemos que devolver su pureza. 

Y que otra vez haya venados en la Sabana y bagres sanos en el río, que salvemos la mayor variedad de aves del mundo, que vuelen las mariposas de Mauricio Babilonia, y que los caballos de Aurelio Arturo vuelvan a estremecer la tierra con su casco de bronce, y que haya hombres y mujeres pescando de noche en la piragua de Guillermo Cubillos, y que el viajero que encontremos por los campos a la luz de la luna no nos produzca terror sino alegría. 

Que haya cantos indios por las sabanas de Colombia, y arrullos negros en los litorales, y que las armas se fundan o se oxiden, y que haya carreteras y puertos, y barcos y trenes que nos lleven a México y a Buenos Aires, y que nuestros jóvenes tengan amigos en todo el continente, y que sólo una industria se haga innecesaria y necesite ayuda para cambiar su producción: la industria de las chapas y los cerrojos y los candados y las rejas de seguridad, porque habremos logrado que cada quien tenga lo necesario y pueda confiar en los otros. 

Porque la paz se funda en la confianza y en la sencillez, y en cambio la discordia necesita mil rejas y mil trampas y mil códigos. Aquí, por todas partes, están los brazos que van a construir ese país nuevo, los pies que van a recorrerlo, los cerebros que van a pensarlo, y los labios del pueblo que lo van a cantar sin descanso. 

Que hasta los que hoy son enemigos de la paz se alegren cuando vean su rostro. 

Que llegue la hora de la paz, y que todos sepamos merecerla.      

jueves, 11 de abril de 2013

ARTICULO DE OPINION

PAZ Y POLITICA

El conflicto armado ha de ser definido políticamente para entender lo de la paz.

Autor: Ulises Casas Jerez 
Reproducido de Crítica Política Numero: 226.
Fecha: 10 de Abril de 2013.
Ahora que el gobierno actual viene desarrollando unas conversaciones de paz con una de las guerrillas más fuertes del país, es fundamental definir el carácter o naturaleza del conflicto armado de nuestro país. 

La guerrilla en Colombia tiene un historial que se remonta a la misma resistencia que nuestras comunidades hicieron al invasor español el cual, armado más que con el arcabuz y el caballo con una ideología religiosa, liquidó materialmente las estructuras sociales de los indígenas existentes en este continente denominado, posteriormente, como América Latina.

Las guerrillas sobrevivientes tienen origen en el fenómeno político de la Revolución Cubana de 1959. Entonces, su estructura política se inició como una posibilidad de llevar a cabo, en nuestro país, esa clase de revolución; además, de la guerrilla liberal surgió la que hoy, en Cuba dialoga con representantes del gobierno. 

La guerrilla ha sido definida por el gobierno y la comunidad internacional como “terrorista” y con este calificativo su situación no es percibida como política. Si se sigue considerando como tal, sus acciones no pueden entrar en la definición del delito político. En consecuencia sus dirigentes no han de ser catalogados como delincuentes políticos mientras no se les conceda ese carácter; esto podría suceder si el Congreso aprobara una ley en ese sentido. De ahí que las conversaciones o diálogos antes referidos tendrían que concluir en que sus dirigentes, los de la guerrilla dialogante, son actores políticos y no terroristas.
Hasta ahora esa posibilidad no se contempla o al menos no ha trascendido a la opinión pública que ese tema se esté discutiendo. 

El hecho concreto histórico, es que un alzamiento armado tiene justificación, y en consecuencia tiene carácter político, cuando el gobierno de turno es el producto del rompimiento de la institucionalidad vigente; si analizamos los gobiernos del país en retrospectiva y nos situamos en el momento en el cual surgen las guerrillas actuales, ellos no han sido producto de esa situación; en efecto, todos ellos han sido elegidos popularmente. En esas condiciones, el alzamiento armado no tiene legitimidad política alguna; si se pretendió llevar a cabo una revolución similar a la cubana o a la revolución china de 1950 o cualquiera otra del mundo, se pensó sobre un hecho real de legitimidad de los gobiernos de turno.

En las anteriores condiciones, el movimiento armado, sin legitimidad política, debe aceptar que sus acciones perdieron carácter político y adquirieron naturaleza delictiva común. Así, no habría delitos políticos sino delitos comunes y cualquier consecuencia de ello tiene que obtener legalización en el contexto de la institucionalidad vigente; esa legalización tendría que sustentarse en un principio diferente a lo político, es decir, en la capacidad armada del movimiento guerrillero. Es lo que podría suceder, y esto queda en manos del poder legislativo. Ahí podremos ver el resultado de esos llamados “diálogos de paz”. En el entreacto, las víctimas del accionar guerrillero deberán asumir un papel importante o desaparecerán como tales y la impunidad será un hecho. 

En las guerras civiles del siglo XIX todos los actos de guerra y sus actores fueron amnistiados, pero esa fue otra historia. 

El presente articulo se reproduce como un aporte al debate nacional en torno a los diálogos de paz, que se vienen realizando en la Habana

DESPUES DE MARCHAR ¿QUE MÁS PODEMOS HACER PARA CONTRIBUIR AL PROCESO DE PAZ?



Aporte de GuillerMeyer
Tomado de Mesa de Comunicación Pacifico
Que haya paz con la Guerrilla de las Farc es el deseo de la mayoría de colombianos. Pero sabemos que los señores de la guerra no. Los campesinos y ciudadanos de a pie muertos en combate no son ni sus hijos ni sus familiares. ¿Quiénes son estos señores de la muerte? Algunos militares, que ganan mejores bonificaciones, méritos y salarios en un país en guerra. Esto se pudo analizar ayer en las preguntas que le hicieron al actual ministro de la defensa en las emisoras de la policía en entrevista que le hicieron en horas de la mañana. A la mayoría de militares en ejercicio que llamaron, les preocupaba que después de una eventual firma de la paz, muchos de los cuerpos elites que tiene hoy el ejército, desaparecerían. 
Aunque el ministro fue enfático en afirmar que no, lo que se aprecia es que militares y comerciantes de armas verían reducidas sus finanzas en un país sin guerra y lógicamente se verán afectados los que hacen política con la guerra como el ex presidente Uribe, incluso los paramilitares, y narco paramilitares; recordemos que fueron creados para combatir la guerrilla y al amparo de militares y políticos se han apoderado de inmensas tierras, despojando a los campesinos de ellas y para lograrlo han realizado masacres, torturas, violaciones. Según la lógica, sino hay guerrilla no deberían existir los paramilitares. Saben ellos que un número importante de estos grupos elites de la policía y el ejército, no habiendo guerrilla se dedicarían a combatirlos. Es por ello que aplican el viejo refrán : “divide y reinaras”. A quienes si les interesa que haya paz, es a los campesinos desplazados de sus veredas que quieren volver y no pueden hoy pues les robaron sus tierras y quieren recuperarlas para sembrar esperanza de vida con sus familias, las familias de soldados y guerrilleros que han muerto en combate, al ciudadano de a pié que espera que sus hijos cuando paguen el servicio militar no aparezcan muertos, al joven que pide que la plata que hoy se gasta en guerra y en fusiles se invierta en fuentes de empleo y universidades gratis como lo es hoy a nivel técnico y tecnológico el SENA. Las mamás que extrañan a sus seres queridos muertos en ataques guerrilleros. A los colombianos que no quieren vivir ese sufrimiento de perder un familiar en esta guerra sin fin que hoy día parece puede acabar, después de más de 50 años.

Por eso pregunto ¿Cómo los ciudadanos y organizaciones, que si queremos el proceso de Paz (que somos la inmensa mayoría de colombianos) podemos apoyarlo ? Fuera de marchar ¿qué más podemos hacer? Si, necesitamos un país unido entorno al proceso de paz, a unos ciudadanos respaldando a las instituciones para lograr el objetivo de que haya unos acuerdos firmados. Pero viene ya el proceso electoral y Santos en medio como líder de esas negociaciones, pero también como presidente candidato. ¿Como mostrar unión y respaldo al proceso de paz sin que se malinterprete que se apoya también su proyecto de reelección? Como los candidatos a favor de los diálogos, pueden manifestar que si quieren la paz y decirle a los electores “voten por mí y no voten por Santos” quien es el gestor de este proceso de diálogo y al que es necesario apoyarlo. 
En el caso de Piedad Córdoba, Clara López o Feliciano Valencia, ¿como mostrar rechazo a las posturas guerreristas del otro candidato a la presidencia y de su mentor el expresidente Uribe sin menoscabar sus proyectos políticos, sin acrecentar el de Santos y sin confundir a los ciudadanos? Si Marcha Patriótica, el Polo y los indígenas apoyan el proceso de paz deberían abandonar en estas elecciones sus candidaturas a la presidencia para crear una verdadera fuerza de unidad nacional en torno a la paz. Sería la mejor contribución de los partidos y movimientos de la izquierda colombiana al país en los momentos actuales. Otra forma de contribuir es pedirle a los medios de comunicación que le resten importancia a los mensajes y acciones de los señores de la guerra, resaltando los de la paz; es decir, un porcentaje mayor de hechos noticiosos positivos en torno a la paz y menos twiter y entrevistas a expresidentes guerreristas.

Nota: Las opiniones expresadas en esta reflexión comprometen unicamente la opinión de su autor, y hace parte del debate que aspiramos a generar desde este espacio virtual.

miércoles, 10 de abril de 2013

SI QUEREMOS LA PAZ, SEAMOS PARTE DE LA SOLUCION

Julio E. Higuera
Politólogo
Desde hace más de sesenta años, la sociedad colombiana enfrenta un conflicto armado alimentado entre otros factores, por procesos históricos de exclusión económica, social y política, que en sus etapas más recientes ha evidenciado un nivel extremo de degradación. Si bien se han obtenido éxitos referidos a limitar la acción de los grupos guerrilleros, de las Bacrim y del narcotráfico, las acciones de estos grupos no cesa y en el último periodo se han incrementado, utilizando armas convencionales, prohibidas por el Derecho Internacional Humanitario para proteger a la población civil; generando una grave crisis humanitaria expresada en el desplazamiento interno, falsos positivos, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, chuzadas, estigmatización y asesinatos de líderes sociales y defensores de DDHH, y profundiza la inequidad social.

En Colombia nos encontramos en un momento difícil, pero no imposible para la paz, y sobre todo cuando “se quiere imponer la cultura del odio y la violencia”, que afecta principalmente a mujeres, niños y niñas, víctimas del conflicto, así como su reclutamiento para integrar las organizaciones armadas ilegales; el fraccionamiento del país y de su clase dirigente entre los que vemos en el dialogo el camino para alcanzar la paz y los que por el contrario defienden la vigencia de la política de Seguridad Democrática y el uso de la fuerza para doblegar a los grupos guerrilleros.

Es fundamental que ciudadanos y ciudadanas asumamos nuestra obligación en la realización del derecho a la paz y de manera organizada se promuevan diálogos que incluyan a todos los actores y sectores, alrededor de la construcción de la paz basada en el respeto y disfrute de los derechos humanos, la justicia, la vida digna, la equidad, la democracia y, en la búsqueda de solución negociada al conflicto armado.

La paz empieza por el rechazo de la violencia como forma de solucionar los conflictos y para que esto pueda ser posible se debe dar un proceso de sensibilización al respecto, es decir la paz se debe interiorizar culturalmente y esto supone erradicar la cultura de la guerra y la violencia como forma de resolver los problemas que genera el modelo de desarrollo social actual. Se piensa que la guerra es injusta y dramática para los seres humanos, pero también se considera inevitable en muchos casos, es decir estamos ante una ciudadana resignada a que con el dominio de la cultura de la violencia las soluciones violentas siempre están justificadas y si no se cambia esa actitud, se recurrirá siempre a ella como último recurso.

La sensibilización ciudadana tiene un papel importante en tanto que incide en la construcción de los valores de los ciudadanos, permitiendo la evolución del pensamiento social. Pero estas campañas de sensibilización no son suficientes para generar cambios en los comportamientos ciudadanos frente a la guerra y la paz, sino que se deben generar procesos de reflexión sobre cómo se puede incidir en la construcción de la cultura de la paz, desde la familia y los colegios. Se trata de generar una conciencia colectiva sobre la necesidad de una cultura de la paz enraizada en la sociedad con tanta fuerza que no deje lugar a la violencia.

Por otra parte, al hablar de participación ciudadana para una cultura de paz, hacemos referencia a que los individuos deben asumir un compromiso social y político por la transformación de esa cultura de violencia a una de no-violencia, basada en la búsqueda de una vida digna para todos, es decir, estimular la conciencia cívica de que todos los seres humanos son libres e iguales ante la ley, entendiendo que los derechos de cada persona están limitados por los derechos de los demás y por las justas exigencias del bien común.

 
Marcha por la Paz en Bogotá
Abril 9 de 2013
Los movimientos de la sociedad civil por la paz, durante los últimos años han realizado un sinnúmero de actividades en busca de la Paz (marchas, conciertos, caravanas, entre muchas otras actividades), pese a que todas estas estrategias han sido muy importantes, no son suficientes, lo que hace necesario promover nuevas iniciativas que generen mayor atención y efectividad para que se forjen procesos exitosos de sensibilidad ciudadana para la paz, con justicia, equidad, desarrollo social y mejoramiento en las condiciones de vida de los ciudadanos, pilares fundamentales para poder hablar de una verdadera cultura de paz.

Las actuales conversaciones de paz en la Habana, han tenido un impacto favorable, pero también escepticismo en el país, en primer lugar porque se llega a la mesa con una agenda acordada por las partes y el compromiso y voluntad de las partes en llegar a un acuerdo con el proceso de paz, pero de igual manera se han incrementado las acciones violentas y terroristas de las Farc en varias regiones del país; y desde diferentes sectores de la sociedad se reclama que estas negociaciones sean más incluyentes con una mayor participación de la sociedad civil, como actor relevante en la construcción de una paz duradera.

Existe una fuerte campañas de desinformación frente a los alcances de las negociaciones en la Habana, lo que implica que se promuevan espacios de reflexión para que los ciudadanos entiendan el conflicto no como una lucha de poderes y de ideologías, sino como una problemática social que no permite el desarrollo y bienestar de los ciudadanos, ni garantiza la seguridad y tranquilidad ciudadana.

Finalmente, es importante realizar acciones de construcción de memoria histórica, que visibilicen a las víctimas del conflicto armado y sensibilicen sobre el derecho a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. Además, implementar planes participativos para el desarrollo de diálogos desde las redes departamentales de paz, que concreten experiencias de diálogo diverso entre los diferentes sectores de la sociedad alrededor de iniciativas de construcción de paz duradera y sostenible.